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EL GRAN SAQUEO

Novela histórica en cuatro tomos

Robert Casanovas

 

TOMO I — EL NACIMIENTO DEL SISTEMA

1794–1798

Flandes e Italia — Preparación de la campaña de Egipto

RESUMEN COMPLETO

Nota preliminar

Esta novela es una ficción histórica fundada en investigaciones auténticas. Todas las obras mencionadas fueron efectivamente sustraídas durante las conquistas francesas entre 1794 y 1813. La mayoría de los personajes existieron; el desarrollo de los acontecimientos reconstruye hechos verificados. Por necesidades narrativas, algunas escenas y diálogos han sido imaginados.

Prólogo

París, junio de 1794

En la penumbra de una sala del Comité de Instrucción Pública, el abad Grégoire firma un informe que va a ponerlo todo en marcha. Los Países Bajos austriacos acaban de caer, entregando a la República territorios repletos de obras de arte sin equivalente en Europa. La pregunta que Grégoire formula es simple en su brutalidad: ¿qué se hará con estas riquezas? Su respuesta es una idea nueva — la de una transferencia organizada, legitimada por el ideal republicano. París merece ser la capital de las artes. Puede llegar a serlo mediante los hechos.

Este documento — una simple recomendación entre centenas — no quedará sin consecuencias. Grégoire lo sabe al apagar la última vela. Conoce el apetito de la comisión. Conoce la lógica de las conquistas.

Capítulo I — Las extracciones flamencas (1794)

Este primer capítulo establece el marco moral y operativo de la novela. Una comisión de siete hombres — Grégoire, Lebrun, David, Hassenfratz, Thouin, Faujas y Levesque — se constituye para organizar las extracciones artísticas en Bélgica. Desde las primeras reuniones, las tensiones afloran: David, el pintor revolucionario, empuja hacia una lógica de conquista triunfante; Grégoire intenta imponer salvaguardas éticas; Lebrun, experto del mercado del arte, evalúa con la frialdad lúcida de quien comprende exactamente lo que se está deshaciendo.

Gante: el arrancamiento del Van Eyck

En la catedral de San Bavón de Gante, la comisión se lanza sobre el Políptico del Cordero Místico de los hermanos Van Eyck (1432), la obra maestra absoluta de la pintura flamenca. La operación se desarrolla ante los ojos del canónigo De Vos, un anciano entre lágrimas, al que David hace detener por «obstrucción a una misión republicana». Grégoire, lívido, no interviene con suficiente energía. Este silencio se convertirá en su tormento.

Thouin dirige el desmontaje de los tres paneles centrales del registro superior con una meticulosidad que mantiene a David a raya, pero que no puede impedir un incidente: un panel cae unos sesenta centímetros y se agrieta por el dorso. La población de Gante, reunida ante la catedral, llora en silencio al partir el convoy. Aparecen inscripciones con tiza en las fachadas: «La Francia republicana saquea como la Austria monárquica».

Amberes: los Rubens desmembrados

Simultáneamente, Lebrun opera en Amberes. El Descendimiento de la Cruz y la Erección de la Cruz de Rubens — trípticos monumentales de varios metros de altura — son cortados en secciones para poder ser transportados. El decano del cabildo, monseñor Van der Noot, acusa a Lebrun de «barbarie» y de robo. Lebrun responde con una sequedad profesional que enmascara un malestar creciente. Sus cuadernos personales, en los que consigna sus dudas, constituyen uno de los hilos narrativos más intensos del capítulo.

Bruselas: Van Reyn y la memoria documental

En Bruselas, Hassenfratz y Levesque operan en el Palacio de Coudenberg con la ayuda del comisario Pottier. Allí se encuentran con Van Reyn, el conservador de las colecciones ducales: un hombre pequeño, delgado, de manos absolutamente inmóviles, que jamás protesta pero lo documenta todo con obstinación meticulosa. Cada extracción da lugar a un recibo por triplicado, enviado a destinatarios confidenciales. «Ustedes se lo han llevado todo, pero todo está escrito» — esta frase encarna la resistencia silenciosa de quienes saben que las relaciones de fuerza acaban por invertirse.

El episodio de Malinas completa el capítulo: el abad Huysmans entrega sin resistencia un Cristo en la Cruz de Van Dyck, cuadro de una sobriedad estremecedora que Lebrun contempla largo tiempo, tomando conciencia de lo que se lleva. La conversación entre los dos hombres sobre la futura restitución es una de las escenas más bellas de la novela.

El convoy de regreso y el Termidor

El convoy de diecinueve carros, escoltado por cuarenta soldados, toma el camino de París desde Valenciennes. Los incidentes se acumulan: ruedas rotas, tormentas, puentes demasiado estrechos, intento de robo nocturno en Jemappes. Hassenfratz lo supervisa todo con su cuaderno de medidas, reduciendo cada jornada a datos calculables. David, por su parte, ha abandonado precipitadamente el convoy en Ath: el Termidor acaba de producirse, Robespierre ha muerto, David está comprometido.

En Compiègne, una carta de Lakanal confirma que la misión está retroactivamente validada. Pero Grégoire capta la fragilidad de esa legitimidad. De vuelta en París, redactará un informe honesto sobre las operaciones flamencas — informe que David, liberado del Palacio de Luxemburgo tras cincuenta y seis días, leerá con lúcida ironía: «Los actos han tenido lugar. Los cuadros están en París. Su informe no cambiará nada».

Grégoire realizará una visita nocturna solitaria al Museum para contemplar a solas, a la luz de un farol agonizante, los paneles de Van Eyck, los Rubens de Amberes, el Van Dyck de Malinas. Esta vela muda, en el Día de los Muertos, es uno de los momentos más conmovedores de la novela.

Capítulo II — La avalancha sobre Italia (1796)

El capítulo se abre con la preparación de la comisión artística para la campaña de Italia. Lebrun, en su pequeña sala del Museum, lleva meses acumulando listas de colecciones italianas — Parma, Módena, Bolonia, Florencia, Roma — con una columna «Viabilidad» que distingue lo no transportable (los frescos, las capillas enteras) de lo transportable. Denon, que ha pasado tres años en Italia, es reclutado por su conocimiento del terreno. Grégoire consigue participar pese a sus reticencias.

Bonaparte y la campaña de Italia

La llegada de Bonaparte al mando del Ejército de Italia (marzo de 1796) cambia todo el equilibrio. La novela le dedica una secuencia notable: su toma de mando en Niza, su análisis nocturno de los mapas, su reunión con los generales Augereau, Masséna, Sérurier y La Harpe. En dieciocho días y una serie de maniobras fulminantes — Montenotte, Millesimo, Dego, Mondovì — separa los ejércitos austriaco y piamontés, obliga a Víctor Amadeo III al armisticio de Cherasco (28 de abril de 1796) y abre el camino hacia Milán.

El puente de Lodi (10 de mayo de 1796) da lugar a una escena de gran intensidad: seiscientos granaderos bajo el fuego austriaco cruzan los doscientos treinta metros del puente de piedra; doscientos caen. Bonaparte, que se demora en el puente tras la batalla entre los muertos, formula el pensamiento que le obsesiona desde Auxonne: «La guerra es confusa y brutal, y sin embargo algo más grande que la confusión ocurre en ella de todos modos».

Milán: los inventarios

El 15 de mayo, Bonaparte entra en Milán. La novela describe la organización inmediata de la ocupación: quince millones de contribución de guerra, requisa de víveres, administración militar establecida en cuarenta y ocho horas. Pero sobre todo las obras de arte. Bonaparte dicta una carta al Directorio: «Pronto tendremos todo lo que hay de bello en Italia». No es una promesa — es un programa.

La comisión se reúne en el Palazzo Serbelloni ante Bonaparte. El general fija un plazo de quince días antes de reemprender la campaña. Hassenfratz calcula, Thouin organiza el embalaje, Denon anticipa las resistencias. La Ambrosiana es el objetivo prioritario: el Códice Atlántico de Leonardo da Vinci (doce volúmenes, más de mil folios de notas y dibujos), los Brueghel, la serie de los Elementos. Luego vienen las colecciones de los palacios ducales, los manuscritos de las bibliotecas, las piezas antiguas de la Brera. Bonaparte fija las prioridades con la precisión de un estado mayor, en términos políticos y simbólicos tanto como artísticos.

La campaña continúa: Parma, Módena, Bolonia y Ferrara son visitadas sucesivamente. En cada etapa, los comisarios negocian tratados artísticos, extraen lo que puede ser transportado y documentan lo que no puede serlo. Los frescos de Correggio en Parma — intransportables — dan lugar a un debate moral entre Grégoire y Denon sobre los límites de la razzia.

Capítulo III — Roma y Venecia (1797)

El capítulo más complejo del tomo confronta a los comisarios con realidades que superan lo que han conocido en Flandes y en Lombardía. Roma es la acumulación de dos milenios. El Vaticano alberga el Apolo del Belvedere, el Laocoonte, las Estancias de Rafael, la Sixtina. Grégoire lo dijo desde el principio: «Si llegamos hasta Roma, no será en absoluto lo mismo que en Flandes».

El Tratado de Tolentino (febrero de 1797) impone al papa Pío VI condiciones artísticas humillantes: cien pinturas, esculturas, vasijas y estatuas a elección de los comisarios franceses, así como quinientos manuscritos. La selección se convierte en un ejercicio vertiginoso: el Apolo del Belvedere y el Laocoonte abandonarán Roma para ir a París. Pero la Sixtina permanece — una capilla no se transporta. Rafael permanece. Miguel Ángel permanece. París nunca lo tendrá todo.

Venecia ofrece otra forma de arrancamiento. Tras la caída de la República Serenísima (mayo de 1797) y el Tratado de Campoformio, los caballos de bronce de San Marcos — símbolos milenarios de la ciudad — parten hacia París. El episodio se narra con una precisión emocional poco común: los venecianos contemplan cómo sus caballos descienden de la fachada de su basílica como se contempla la muerte de algo irreemplazable.

El capítulo se cierra sobre las reflexiones de Grégoire y Lebrun. Grégoire escribe, siempre. Lebrun ya prepara las próximas listas. La razzia tiene su propia lógica: no se detiene por sí sola.

Capítulo IV — El proyecto egipcio (1796–1798)

El capítulo final abre la perspectiva hacia el Tomo II narrando la génesis y la preparación de la expedición a Egipto. Bonaparte, de regreso de Italia aureolado de gloria, concibe un proyecto que va más allá de la guerra militar: subyugar Egipto, cortar la ruta británica hacia las Indias y, simultáneamente, lanzar la mayor operación científica y cultural de la historia moderna.

La Comisión de Ciencias y Artes

Ciento sesenta y siete sabios, artistas e ingenieros son reclutados para acompañar al ejército: geógrafos, químicos, botánicos, dibujantes, astrónomos, médicos. Entre ellos, Monge, Berthollet, Fourier, Jomard, Geoffroy Saint-Hilaire y Vivant Denon — que será el gran ojo y la gran mano de la misión cultural. El objetivo declarado es científico: medir, inventariar, comprender el Egipto antiguo y moderno. El objetivo implícito es el mismo que en Flandes e Italia: traer a París lo que puede ser tomado.

El ejército y la flota en Tolón

La novela describe la extraordinaria concentración en Tolón: trescientos cuarenta y siete navíos, cuarenta mil doscientos hombres embarcados, cajas de material científico apiladas en las bodegas entre los cañones y los víveres. Todo debe estar listo antes de que Nelson — cuya flota surca el Mediterráneo — comprenda el verdadero destino de la expedición.

La reunión de los generales en el palacio del obispado es una de las grandes escenas del capítulo. Bonaparte expone su estrategia con la claridad de un hombre que ha calculado cada variable. Kléber plantea la única pregunta que importa: «¿Por qué Malta antes que Egipto?» La respuesta de Bonaparte entrelaza geopolítica, recursos financieros y la lógica de la etapa.

La noche de la partida

La escena final es de una belleza serena e inolvidable. Bonaparte sube a cubierta del Orient al amanecer del 19 de mayo de 1798. La orden de partida debía darse a las 7 h. A las 7 h, Bonaparte no habla. Casabianca espera, desconcertado. Luego Bonaparte dice a su capitán que necesita un último momento — para contemplar Tolón, para pensar en Alejandro Magno, que abandonó Macedonia a los veinte años para conquistar Oriente.

Cuando da al fin la orden — «Capitán Casabianca, puede izar las velas. Partimos hacia Egipto» — trescientos cuarenta y siete navíos se ponen en marcha en la luz de la mañana mediterránea. En las bodegas, entre soldados dormidos y cajas de material, los sabios tienen sus cuadernos listos. La razzia recomienza.

Galería de personajes principales

El abad Grégoire

Convencional y defensor de las lenguas regionales, es la conciencia de la novela. Sabe que lo que hace es moralmente ambiguo; sin embargo, no renuncia a participar, porque cree que su presencia puede limitar los excesos. Su informe honesto sobre la misión flamenca — redactado contra David y contra sí mismo — es un acto de probidad infrecuente. Su visita nocturna al Museum, linterna en mano, es la escena clave de su trayectoria.

Lebrun, el marchante de arte

Experto en colecciones flamencas, sabe mejor que nadie lo que se está deshaciendo. Sus cuadernos personales — donde anota sus dudas junto a las medidas técnicas — constituyen el hilo más íntimo de la novela. Es él quien prepara las listas italianas con minuciosidad meticulosa, sabiendo que servirán para vaciar otras ciudades.

Hassenfratz, el ingeniero

Químico e ingeniero, reduce el mundo a medidas: peso de las cajas, dimensiones de los puentes, capacidades de carga de los carros. Su sequedad no es indiferencia — es una manera de mantener el mundo a distancia conveniente. Cuando dice a Grégoire «es el progreso disponible», se percibe la resignación de un hombre lúcido.

David, el pintor revolucionario

Miembro del Comité de Seguridad General, es el motor ideológico de la comisión: cree sinceramente que París merece las obras maestras del mundo y que traerlas aquí es un acto de civilización. Su arresto tras el Termidor lo empuja fuera de escena, pero su lógica — los actos cuentan más que las palabras — sigue pesando sobre todos los demás.

Van Reyn, el conservador bruselense

Figura memorable de la novela: no protesta — documenta. Sus sesenta y ocho páginas de inventario paralelo, enviadas por triplicado a destinatarios confidenciales, encarnan una forma de resistencia que los comisarios no pueden ni prohibir ni ignorar. «Ustedes se lo han llevado todo, pero todo está escrito» — esta frase atraviesa toda la novela.

Vivant Denon

Diplomático, dibujante y hombre de buen gusto, conoce Italia por dentro tras haber residido allí tres años. Será el eje de la comisión italiana y el gran testigo de la expedición a Egipto. Su pragmatismo elegante contrasta con el idealismo de Grégoire y los cálculos de Hassenfratz.

Napoléon Bonaparte

Entra en escena en el capítulo II y monopoliza progresivamente el relato. La novela lo retrata con precisión clínica: la fría eficacia del estratego, la certeza interior que impresiona sin buscar convencer, y la aguda conciencia — ya desde 1796 — de que las obras de arte son un instrumento de poder tan importante como las victorias militares.

Temas y cuestiones del Tomo I

La legitimación del saqueo. Toda la novela gira en torno a la pregunta: ¿cómo un acto de expoliación adopta las apariencias de un acto de civilización? Los comisarios no son brutos — son hombres cultos que creen sinceramente, en su mayoría, que París merece estas obras. Es precisamente eso lo que hace la razzia más eficaz y más difícil de condenar.

La resistencia a través de las huellas. Van Reyn, Grégoire, los canónigos de Gante y Malinas: todos oponen a la razzia no la violencia sino la documentación, el informe, el registro. Es una forma de resistencia que no puede vencer en lo inmediato pero que prepara la futura restitución.

La lógica sistémica. El título del tomo — «El nacimiento del sistema» — lo dice todo: lo que se pone en marcha entre 1794 y 1798 no es una serie de actos aislados sino un mecanismo organizado, institucionalizado, que sobrevivirá a la Revolución, al Directorio y al Termidor. El sistema no depende de la supervivencia de sus fundadores.

La belleza como absolución. David lo enuncia con lúcida brutalidad: «La belleza hace olvidar su historia». Los visitantes del Museum verán los cuadros, no las lágrimas de los de Gante. Es quizás la frase más oscura de la novela.

Cronología del Tomo I

Junio de 1794 — El abad Grégoire signe le rapport fondateur à Paris.

Agosto de 1794 — Operaciones en Flandes: Gante (Van Eyck), Amberes (Rubens), Bruselas, Malinas (Van Dyck).

Finales de agosto de 1794 — El convoy de 19 carros toma camino hacia París desde Valenciennes.

27 de julio de 1794 — Termidor — caída de Robespierre. David es detenido, la comisión se recompone.

Otoño de 1794 — Llegada de las obras flamencas al Museum. Grégoire redacta su informe.

Diciembre de 1794 — Liberación de David del Luxemburgo.

1795 — Lebrun prepara las listas italianas en su sala del Museum. Lakanal organiza la comisión.

27 de marzo de 1796 — Bonaparte toma el mando del Ejército de Italia en Niza.

10–28 de abril de 1796 — Campaña relámpago: Montenotte, Millesimo, Dego, Mondovì. Armisticio de Cherasco con el Piamonte.

10 de mayo de 1796 — Batalla del puente de Lodi.

15 de mayo de 1796 — Bonaparte entra en Milán. La comisión artística se instala en el Palazzo Serbelloni.

Mayo–junio de 1796 — Inventarios y extracciones en Milán (Códice Atlántico), Parma, Módena, Bolonia, Ferrara.

Febrero de 1797 — Tratado de Tolentino con el papa: 100 obras mayores, entre ellas el Apolo y el Laocoonte, abandonan Roma.

Mayo de 1797 — Caída de la República de Venecia. Los caballos de bronce de San Marcos parten hacia París.

Octubre de 1797 — Tratado de Campoformio — fin de la primera campaña de Italia.

Invierno de 1797–1798 — Reclutamiento de la Comisión de Ciencias y Artes para Egipto (167 sabios).

19 de mayo de 1798 — Partida de Tolón: 347 navíos, 40 200 hombres. La flota leva anclas hacia Egipto. Fin del Tomo I.

 

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